Cómo está formada la Legión
La
Legión consta de dos ramas, masculina y femenina, y
cada rama está compuesta por distintas secciones
según las edades y estados de vida: clérigos y
religiosos, laicos adultos, jóvenes, adolescentes y
niños.
El
gobierno de la Legión está compuesto por un Consejo
Directivo General y por Consejos Directivos Zonales,
que a su vez tienen bajo su responsabilidad las
distintas secciones y grupos existentes en cada
zona. Todas las zonas en las que se divide la
geografía apostólica de la Legión se encuentran bajo
la dirección de un Sacerdote de Cristo Rey,
designado por el Superior General del Instituto
Cristo Rey y su Consejo.
La Sede
de gobierno de toda la
Legión de Cristo Rey se encuentra en San Luis,
Argentina, donde ha sido erigida canónicamente. Está
presente en numerosas ciudades de la amplia
geografía argentina, en las Arquidiócesis de
Washington y Miami, en los Estados Unidos, y cuenta
con una Delegación en Roma, Italia.
Dos
secciones peculiares de la Legión
Si bien
la gran mayoría de los miembros de la Legión son
fieles laicos también existen dentro de ella dos
secciones que tienen características especiales: la
de clérigos y consagrados, y la de
miembros consagrados de la Legión. Ambas
secciones por su índole peculiar, se encuentran de
una manera especial y más directamente que las demás
secciones bajo la "alta dirección" del Instituto
Cristo Rey (cfr. Código de
Derecho Canónico, c. 303).
Clérigos y Consagrados
Los
clérigos (sacerdotes y diáconos), consagrados y
aspirantes al sacerdocio pueden formar parte de
la Legión, beneficiándose del
carisma espiritual y apostólico del Instituto Cristo
Rey. Dicha vinculación a nuestra Obra tiene el fin
de cultivar la vida espiritual, la formación y la
cultura de los clérigos y consagrados, en plena
conformidad con las características de la propia
vocación, así como con los vínculos que de ella se
derivan. Esta participación en nuestro carisma se ve
reforzada con el hecho de que para el Instituto
Cristo Rey la atención a las personas consagradas,
particularmente de los clérigos, constituye su fin
primario, y también porque “para hacer reinar a
Jesucristo en el mundo, ninguna cosa es tan
necesaria como la santidad del clero, porque, con el
ejemplo, con la palabra y con la ciencia, debe ser
guía de los fieles, que serán siempre tal y como
sean los sacerdotes: sicut sacerdos sic populus”,
como afirmó San Pío X (Carta al Cardenal Vicario, 5
de mayo de 1904).
La
vinculación de los clérigos y consagrados,
con la autorización de su Obispo o de sus
respectivos Superiores, no tiene carácter jurídico
ni afecta a su pertenencia a la Diócesis o a los
Instituto religiosos de los que formen parte. Se ha
de regular conforme a los Estatutos de la Legión y a
la norma del Derecho (cfr. Código de Derecho
Canónico, cc. 278, 2 y 307, 3), la cual les
recomienda que “tengan en gran estima sobre todo
aquellas asociaciones que, con estatutos revisados
por la autoridad competente, mediante un plan de
vida adecuado y convenientemente aprobado así como
también mediante la ayuda fraterna, fomentan la
búsqueda de la santidad en el ejercicio del
ministerio y contribuyen a la unión de los clérigos
entre sí y con su Obispo” (Código de Derecho
Canónico, c. 278, 2).
Miembros consagrados de la Legión
Dentro
de la Legión algunos laicos, hombres y mujeres, se
han sentido llamados a consagrarse a Dios para y
dedicarse de modo completo a la vida de nuestra
Obra. La manera de vivir esta dedicación completa a
Dios y a su Iglesia, a través de la LCR, varía de
acuerdo a la invitación que el Rey divino les haga:
algunos la viven de manera individual y otros
llevando una vida fraterna en común. La práctica de
los consejos evangélicos de pobreza, castidad y
obediencia es una característica propia de aquellos
que llevan vida fraterna en común y es facultativo
para los que se consagran de manera individual.
Los miembros y consagrados
que en algún momento descubran el
llamado al sacerdocio o a la vida religiosa pueden
seguir esta vocación. No por esto la vida consagrada
en la Legión se convierte en una etapa intermedia
sino que se trata de una auténtica y plena vocación
en sí misma.
Espíritu y estilo de la
Legión
Legión de Cristo Rey, como toda Obra de apostolado laical, tiene su personalidad:
un espíritu y un estilo.
El “espíritu” es algo interior: su ser.
El “estilo” es algo exterior: su modo de ser.
El espíritu del Legionario es el del “hombre ignaciano”, fraguado en la Escuela de los Ejercicios, fundamentalmente en las meditaciones “clave”: Principio y Fundamento, Reino de Cristo, Dos Banderas, Tercer grado de humildad y Contemplación para alcanzar amor; juntamente con las Reglas de elección, de Discernimiento de espíritus y de Sentir con la Iglesia.
El “hombre ignaciano” es un “convertido”, muerto al espíritu del mundo, enamorado de Cristo, de la Santísima Virgen, de la Iglesia, y lanzado con entusiasmo a la salvación de todos los hombres, “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2).
En otras palabras:
espíritu contemplativo y espíritu militante.
¡Los Legionarios deben llevar siempre el Plan de Dios en la cabeza y en el corazón!
En cuanto al estilo, lo tenemos magníficamente expresado y simbolizado en la figura tradicional y sugestiva del
“caballero cristiano”, con todo lo que encierra de grandeza, de magnanimidad, de nobleza, de entrega, de sacrificio... ¡caballeros cruzados, que sueñan con instaurar TODO en Cristo (Ef 1,10), a fuerza de fe, de esperanza, de caridad, de paciencia y de coraje.
Las Legionarias tienen su ejemplar acabado en las
“mujeres fuertes” del Antiguo y del Nuevo Testamento, y en las grandes mujeres de nuestra Iglesia: Ester, Judit, la madre de los Macabeos, María Magdalena, Juana de Arco, Isabel la Católica, Catalina de Siena, Teresa de Jesús... y, por encima de todas, naturalmente, la Santísima Virgen, la MUJER por excelencia.
“Engañosa es la gracia, vana de belleza; la mujer que teme a Dios, ésa es de alabar”.
“La mujer fuerte ¿quién la hallará? ¡Vale mucho más que las perlas!” (Prov, 31).
Las Legionarias deben ser mujeres con mucho sentido común y gran corazón de madre; equilibradas, bien formadas, serias y alegres, tradicionales y actualizadas, sin ñoñerías, ni sensiblerías, ni coqueterías... ¡llenas de Dios y de celo de las almas!... nuevas Evas, firmes al pie de la cruz, a imagen de María, para dar a los hombres la fuerza para luchar hasta el fin y dar testimonio hasta el martirio... (cfr. Mensaje del Concilio a las mujeres).
No somos un grupo político ni “social”.
En Legión, lo primero que se exige es virtud.
Lo demás vendrá por añadidura (Mt 6,33).
Y entre todas las virtudes, tendríamos que destacar, en primer lugar a la reina, que es
la caridad.
¡Es un mandato del Señor!
“Esto os mando: que os améis unos a otros” (Jn 15,17).
Otra virtud que conviene resaltar, debido, sobre todo, a los tiempos en que vivimos, es la fortaleza.
Fortaleza, en primer lugar, para vencerse a sí mismo, teniendo a raya las pasiones. ¡Qué lucha!, ¿verdad?
Fortaleza para no rebajar el Ideal, frente a tanta cobardía y mediocridad... y aguantar las consecuencias.
Son fundamentales otras dos virtudes: Mansedumbre y humildad.
Fijémonos en un detalle del Evangelio. Dice Jesús: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).
¿Por qué nombró Cristo precisamente estas dos virtudes, y no otras, siendo así que es Maestro en todas?
La mansedumbre y la humildad son dos virtudes muy poco comunes y muy difíciles de practicar, pues se oponen a esas dos grandes pasiones, que tanto dominan al hombre, haciéndole caer en innumerables pecados: la cólera y la soberbia.
La mansedumbre y la humildad fueron virtudes desconocidas hasta el Cristianismo, y en ellas se puede sintetizar toda la vida cristiana.
Jesús se distinguió, claro está, en todas las virtudes, pero de un modo particular, en estas dos, sobre todo en la Sagrada Pasión.
La humildad es el fundamento de la mansedumbre, así como la mansedumbre es el brillo de la humildad.
Ambas hacen amable la verdad, dulce el sacrificio, y atraen irresistiblemente a los demás.
Sin obediencia no se puede hacer nada, ni siquiera se puede concebir Legión, cuya sola palabra ya está indicando organización, jerarquía, autoridad, cuerpo.
Naturalmente, se trata de una obediencia adulta, por consiguiente incluye el diálogo, la responsabilidad, el espíritu de iniciativa, como corresponde a personas conscientes, que comulgan con un mismo Ideal, y llevan adelante una empresa común, en pos de un Rey “hecho obediente hasta la muerte de cruz” (Flp 2,8).
Hemos de sacrificar todo individualismo y todo puntillo de honra (amor propio) en aras del bien común, para gloria de la Iglesia, que es nuestra única razón de existir.
Cada cual en su sitio... ¡y todos llevando la Obra adelante, con buena voluntad y alegría!
Nadie ambicione cargos, sino trabajo y servicio.
Es necesaria también una gran pureza de corazón. Seamos sencillos, procediendo siempre con rectitud, honestidad y lealtad. ¡Detestemos la doblez, la mentira, los segundas intenciones...!
Además de una vida espiritual intensa, los Legionarios tienen que estudiar mucho y bien, a fin de alcanzar una sólida formación doctrinal.
Es preciso asimilar bien los grandes principios de la Filosofía, de la Teología y de la Espiritualidad cristiana, conocer a fondo la Sagrada Escritura, las grandes Encíclicas de los Papas y los más importantes Documentos del Magisterio eclesiástico, en particular los referentes a la familia, a la moral profesional y a la cuestión social.
Tenemos que tomamos el tiempo suficiente para estudiar con regularidad, método y selección de textos. ¡Es un deber grave para todo católico militante!
Hace falta también eficiencia.
Trabajar, con orden, con perseverancia, con sentido de oportunidad, buscando y adaptando los medios más eficaces para lograr el fin que se pretende. ¡No hacer las cosas sin reflexionar!
La piedad y la doctrina deben desembocar en una acción concreta y positiva.
Tenemos que conocer las personas, los ambientes, las posibilidades, vivir el “aquí y ahora”, sin dejar para mañana lo que debemos hacer hoy.
He aquí definido en síntesis, el espíritu y estilo de Legión.
No somos ni “abiertos”, ni “cerrados”, ni de “izquierdas”, ni de “derechas”, ni “progresistas”, ni “tradicionalistas”.
¡SOMOS CATOLICOS! y punto.
Por eso amamos y defendemos apasionadamente la tradición, y aceptamos lógicamente todo sano progreso.
Pretendemos, con la ayuda divina, hacer “fuego nuevo”, porque el estado actual de la humanidad y, en buena parte, del Catolicismo, nos disgusta, nos aburre y nos cansa...
Hoy día en que están tan de moda las “experiencias”, quisiéramos que nos dejen hacer sólo una: vivir como los primeros cristianos.
Acción apostólica de la Legión
Los grupos de la
Legión de Cristo Rey tienen reuniones periódicas de oración, formación y organización de las actividades apostólicas:
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en primer lugar, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola;
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también los retiros de perseverancia,
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convivencias de Legión,
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reuniones de matrimonios y de profesionales,
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cursos bíblicos y de Doctrina Social de la Iglesia,
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Entronización de Sagrado Corazón de Jesús en los hogares y lugares de trabajo, etc.
La Legión juvenil de
Cristo Rey, además
tiene actividades especiales anuales, como
son la Misión y el Encuentro de todos los
jóvenes de la Obra.
Desde su identidad y compromiso con la Obra de Cristo Rey, los Legionarios y Legionarias han de ser sensibles a las necesidades de la Iglesia universal, colaborando con “sentido de Diócesis” (cfr. Concilio Vaticano II, Apostolicam actuositatem, 10) con las demás obras y asociaciones de apostolado, como por ejemplo en la catequesis, en la liturgia, en las actividades caritativas y educativas de la Diócesis o de las parroquias a las que pertenecen.
Una gran familia...
Más que una Asociación, podemos decir que la Legión, junto al Instituto del que depende, es una gran familia, dentro de la más grande familia, que es la Santa Madre Iglesia.
Recuerden los legionarios
que el verdadero apostolado tiene que ser una
participación en el apostolado jerárquico de la Iglesia, a la cual
únicamente confirió Cristo la misión de evangelizar.
La evangelización deben realizarla no predicándose a
sí mismos o sus ideas personales, sino solamente en
cuanto enviados por
la Iglesia, en nombre de Ella,
fieles al Mensaje, del cual Ella sola es
depositaria. Conviene que
la Iglesia crezca y que la Legión disminuya (cfr. Jn 3, 30).
Esfuércense todos en
mantener un clima de caridad fraterna y unidad en
Cristo Rey, haciendo realidad las palabras del
Señor: “Donde están dos o tres congregados en mi
nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18,20).
Todas las secciones y grupos de
la Legión deberán ser otros tantos
cenáculos de caridad y unión, de paz y alegría,
donde arda el fuego del Espíritu Santo, Amor del
Padre y del Hijo, a semejanza de los primeros
cristianos que tenían “un solo corazón y una sola
alma” (Hch 4,32), con la convicción profunda de que
“cuanto más se pasa en vergonzoso silencio el nombre
suavísimo de nuestro Redentor, así en las reuniones
internacionales como en los parlamentos, tanto más
es necesario aclamarlo públicamente, anunciando por
todas partes los derechos de su real dignidad y
potestad” (Pío XI, Encíclica Quas primas), porque
“es necesario de que El reine” (1 Co15,25).