Legión de Cristo Rey, como toda Obra de apostolado laical, tiene su personalidad:
un espíritu y un estilo.
El “espíritu” es algo interior: su ser.
El “estilo” es algo exterior: su modo de ser.
El espíritu del Legionario es el del “hombre ignaciano”, fraguado en la Escuela de los Ejercicios, fundamentalmente en las meditaciones “clave”: Principio y Fundamento, Reino de Cristo, Dos Banderas, Tercer grado de humildad y Contemplación para alcanzar amor; juntamente con las Reglas de elección, de Discernimiento de espíritus y de Sentir con la Iglesia.
El “hombre ignaciano” es un “convertido”, muerto al espíritu del mundo, enamorado de Cristo, de la Santísima Virgen, de la Iglesia, y lanzado con entusiasmo a la salvación de todos los hombres, “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2).
En otras palabras:
espíritu contemplativo y espíritu militante.
¡Los Legionarios deben llevar siempre el Plan de Dios en la cabeza y en el corazón!
En cuanto al estilo, lo tenemos magníficamente expresado y simbolizado en la figura tradicional y sugestiva del
“caballero cristiano”, con todo lo que encierra de grandeza, de magnanimidad, de nobleza, de entrega, de sacrificio... ¡caballeros cruzados, que sueñan con instaurar TODO en Cristo (Ef 1,10), a fuerza de fe, de esperanza, de caridad, de paciencia y de coraje.
Las Legionarias tienen su ejemplar acabado en las
“mujeres fuertes” del Antiguo y del Nuevo Testamento, y en las grandes mujeres de nuestra Iglesia: Ester, Judit, la madre de los Macabeos, María Magdalena, Juana de Arco, Isabel la Católica, Catalina de Siena, Teresa de Jesús... y, por encima de todas, naturalmente, la Santísima Virgen, la MUJER por excelencia.
“Engañosa es la gracia, vana de belleza; la mujer que teme a Dios, ésa es de alabar”.
“La mujer fuerte ¿quién la hallará? ¡Vale mucho más que las perlas!” (Prov, 31).
Las Legionarias deben ser mujeres con mucho sentido común y gran corazón de madre; equilibradas, bien formadas, serias y alegres, tradicionales y actualizadas, sin ñoñerías, ni sensiblerías, ni coqueterías... ¡llenas de Dios y de celo de las almas!... nuevas Evas, firmes al pie de la cruz, a imagen de María, para dar a los hombres la fuerza para luchar hasta el fin y dar testimonio hasta el martirio... (cfr. Mensaje del Concilio a las mujeres).
No somos un grupo político ni “social”.
En Legión, lo primero que se exige es virtud.
Lo demás vendrá por añadidura (Mt 6,33).
Y entre todas las virtudes, tendríamos que destacar, en primer lugar a la reina, que es
la caridad.
¡Es un mandato del Señor!
“Esto os mando: que os améis unos a otros” (Jn 15,17).
Otra virtud que conviene resaltar, debido, sobre todo, a los tiempos en que vivimos, es la fortaleza.
Fortaleza, en primer lugar, para vencerse a sí mismo, teniendo a raya las pasiones. ¡Qué lucha!, ¿verdad?
Fortaleza para no rebajar el Ideal, frente a tanta cobardía y mediocridad... y aguantar las consecuencias.
Son fundamentales otras dos virtudes: Mansedumbre y humildad.
Fijémonos en un detalle del Evangelio. Dice Jesús: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).
¿Por qué nombró Cristo precisamente estas dos virtudes, y no otras, siendo así que es Maestro en todas?
La mansedumbre y la humildad son dos virtudes muy poco comunes y muy difíciles de practicar, pues se oponen a esas dos grandes pasiones, que tanto dominan al hombre, haciéndole caer en innumerables pecados: la cólera y la soberbia.
La mansedumbre y la humildad fueron virtudes desconocidas hasta el Cristianismo, y en ellas se puede sintetizar toda la vida cristiana.
Jesús se distinguió, claro está, en todas las virtudes, pero de un modo particular, en estas dos, sobre todo en la Sagrada Pasión.
La humildad es el fundamento de la mansedumbre, así como la mansedumbre es el brillo de la humildad.
Ambas hacen amable la verdad, dulce el sacrificio, y atraen irresistiblemente a los demás.
Sin obediencia no se puede hacer nada, ni siquiera se puede concebir Legión, cuya sola palabra ya está indicando organización, jerarquía, autoridad, cuerpo.
Naturalmente, se trata de una obediencia adulta, por consiguiente incluye
el diálogo, la responsabilidad, el espíritu de iniciativa, como corresponde a personas conscientes, que comulgan con un mismo Ideal, y llevan adelante una empresa común, en pos de un Rey “hecho obediente hasta la muerte de cruz” (Flp 2,8).
Hemos de sacrificar todo individualismo y todo puntillo de honra (amor propio) en aras del bien común, para gloria de la Iglesia, que es nuestra única razón de existir.
Cada cual en su sitio... ¡y todos llevando la Obra adelante, con buena voluntad y alegría!
Nadie ambicione cargos, sino trabajo y servicio.
Es necesaria también una gran pureza de corazón. Seamos sencillos, procediendo siempre con rectitud, honestidad y lealtad. ¡Detestemos la doblez, la mentira, los segundas intenciones...!
Además de una vida espiritual intensa, los Legionarios tienen que estudiar mucho y bien, a fin de alcanzar una sólida formación doctrinal.
Es preciso asimilar bien los grandes principios de la Filosofía, de la Teología y de la Espiritualidad cristiana, conocer a fondo la Sagrada Escritura, las grandes Encíclicas de los Papas y los más importantes Documentos del Magisterio eclesiástico, en particular los referentes a la familia, a la moral profesional y a la cuestión social.
Tenemos que tomamos el tiempo suficiente para estudiar con regularidad, método y selección de textos. ¡Es un deber grave para todo católico militante!
Hace falta también eficiencia.
Trabajar, con orden, con perseverancia, con sentido de oportunidad, buscando y adaptando los medios más eficaces para lograr el fin que se pretende. ¡No hacer las cosas sin reflexionar!
La piedad y la doctrina deben desembocar en una acción concreta y positiva.
Tenemos que conocer las personas, los ambientes, las posibilidades, vivir el “aquí y ahora”, sin dejar para mañana lo que debemos hacer hoy.
He aquí definido en síntesis, el espíritu y estilo de Legión.
No somos ni “abiertos”, ni “cerrados”, ni de “izquierdas”, ni de “derechas”, ni “progresistas”, ni “tradicionalistas”.
¡SOMOS CATOLICOS! y punto.
Por eso amamos y defendemos apasionadamente la tradición, y aceptamos lógicamente todo sano progreso.
Pretendemos, con la ayuda divina, hacer “fuego nuevo”, porque el estado actual de la humanidad y, en buena parte, del Catolicismo, nos disgusta, nos aburre y nos cansa...
Hoy día en que están tan de moda las “experiencias”, quisiéramos que nos dejen hacer sólo una: vivir como los primeros cristianos.

Los grupos de la Legión de Cristo Rey tienen reuniones periódicas de oración, formación y organización de las actividades apostólicas del Instituto o de la misma Legión:
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en primer lugar, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola;
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también los retiros de perseverancia,
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convivencias de Legión,
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reuniones de matrimonios y de profesionales,
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cursos bíblicos y de Doctrina Social de la Iglesia,
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Entronización de Sagrado Corazón de Jesús en los hogares y lugares de trabajo, etc.
La Legión juvenil de Cristo Rey, además tiene actividades especiales anuales, como los Ejercicios Espirituales, la Misión, y un Encuentro de todos los jóvenes de la Obra. Cuentan con un sitio web propio: www.legionjuvenilcr.com.ar
Desde su identidad y compromiso con la Obra de Cristo Rey, los Legionarios y Legionarias han de ser sensibles a las necesidades de la Iglesia universal, colaborando con “sentido de Diócesis” (cfr. Concilio Vaticano II, Apostolicam actuositatem, 10) con las demás obras y asociaciones de apostolado, como por ejemplo en la catequesis, en la liturgia, en las actividades caritativas y educativas de la Diócesis o de las parroquias a las que pertenecen.
La Legión de Cristo Rey está presente en numerosas ciudades de la amplia geografía argentina, en las Arquidiócesis de Washington y Miami, en los Estados Unidos, y cuenta con una Delegación en Roma, Italia.
Más que una Asociación, podemos decir que la Legión, junto al Instituto del que depende, es una gran familia, dentro de la más grande familia, que es la Santa Madre Iglesia.
Permanezcamos muy unidos en Cristo Rey y María, Madre de la Iglesia, a imitación de los primeros cristianos (cf. Hch. 4,32), que “eran un solo corazón y una sola alma”, haciendo de nuestras comunidades un verdadero Cenáculo, y de la Obra un verdadero Pentecostés.
No olvidemos nunca que "sin unión, no hay Legión".