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La Realeza de Cristo es, por inspiración del Espíritu Santo, el carisma y "don fundacional", propio de nuestro Instituto.
Es el Ideal, la Pasión y el Estilo que debe informar la vida, la formación y la acción de los sacerdotes y hermanos de "Cristo Rey"; el sello o marca que los identifique, distinga y una; la razón de ser de nuestra vocación monástica, doctrinal y militante, en el seno amoroso de la Santa Iglesia, nuestra Madre, Maestra y Reina.
El Instituto ha nacido precisamente en esta "hora", para dar testimonio, ante el mundo, de la Soberanía universal y absoluta de Cristo, "el solo Monarca, Rey de reyes y Señor de señores, que hizo la buena confesión en presencia de Poncio Pilato, al cual el honor y el imperio eterno. Amén" (Cf. 1 Tim 6,12-16), "pues es preciso que EI reine, hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies" (1 Cor 15,25), porque "todo fue creado por El y para El, El es antes que todo, y todo subsiste en El" (Col 1,16-17).
Nuestra misión es hacer reinar a Jesús en individuos, familias y naciones, pero comenzando por dejarle reinar en nosotros mismos, en nuestras mentes y en nuestros corazones.
La Realeza Social será la lógica consecuencia de la Realeza interior de Aquel que (sólo El) pudo decir: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14,6).
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Más aún, la Realeza de Cristo es, para nosotros, una Realeza esencial, fundada en el Ser subsistente de su Divinidad, en el Señorío absoluto de Sí mismo. Los que hemos sido recibidos, aunque débiles e indignos, bajo la bandera de Cristo, daremos la mayor gloria a Dios, Uno y Trino, siguiendo más de cerca a nuestro Rey dulcísimo, "haciendo contra nuestra propia sensualidad y contra nuestro amor camal y mundano" (E.E., 97), abrazando "todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como espiritual" (E.E., 98), y "deseando más ser estimados por vanos y locos por Cristo, que primero fue tenido por tal, antes que por sabios y prudentes según el mundo" (E.E.,167).
En san Ignacio de Loyola, "caballero andante a lo divino", hallaremos la encarnación viviente de la divina Realeza, en su sentido más genuino, al abrigo de posibles desviaciones, conforme siempre con "el sentido verdadero, que en la Iglesia militante debemos tener" (E.E., 352).
Esta Realeza ha sido y será siempre locura y escándalo para el mundo, y fue precisamente el título de Rey lo que provocó a sus enemigos el odio y la muerte de Cristo.
Este entusiasmo por Cristo Rey se convertirá en alegría y esperanza escatológica de su segunda Venida, al final de los tiempos, como Juez justísimo y misericordiosísimo, mientras la creación entera, hasta ahora, gime y siente dolores de parto, esperando la liberación de los hijos de Dios (cf. Rom 8,22).
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