Más allá de opciones
políticas, los que se enfrentaban en el sitio del
Alcázar eran dos modos antitéticos de entender la
vida, el mundo y la historia: el de una cultura de
raíces profundamente católicas, anclada en valores
trascendentes, y el de una anti-cultura enemiga de
Dios y, por consiguiente, del hombre mismo.
Después de prolongado y
agónico asedio, el Alcázar fue liberado ante la
irrupción de las tropas del general Francisco
Franco, y la contienda concluyó en 1939 con el
triunfo de las tropas nacionales. De este modo, la
infancia y la vida toda de nuestro Padre quedó
definitivamente marcada por esta gesta gloriosa, que
desplegó ante sus ojos de niño la dramática verdad
de las “Dos Banderas” que San Ignacio expone en sus
Ejercicios Espirituales a la consideración del
ejercitante, a fin de provocar en él una generosa
“oblación de mayor estima y de mayor momento” en
servicio de Jesucristo, su “Rey eterno y Señor
Universal” (cfr. Ejercicios Espirituales, nº 97).
Juventud y vocación sacerdotal
Nuestro Padre tuvo la dicha
de vivir una juventud muy alegre y sana, llena de
diversiones puras, bajo la mirada complacida de sus
padres, que cifraban en él grandes esperanzas.
Acabados sus estudios secundarios, comenzó la
carrera de ingeniero agrónomo, mientras militaba en
la rama juvenil de la Acción Católica y en las
Conferencias de San Vicente de Paúl. El encuentro
con el fundador de los Cooperadores Parroquiales de
Cristo Rey, el Padre Francisco de Paula Vallet, cuya
inflamada prédica y heroico testimonio sacerdotal
causaron honda impresión en el joven José Luis,
fueron preparando su alma para la “hora” de Dios,
que habría de llegar pronto. En el curso de unos
Ejercicios Espirituales predicados por los Padres
Cooperadores, sintió claramente el llamado
apremiante de Cristo para que le siguiese más de
cerca. Poco después, el 13 de abril de 1948, ingresó
en la Congregación fundada por el Padre Vallet, por
entonces recientemente fallecido.
Ya religioso, nuestro Padre
tuvo en el R. P. Juan Terradas Soler, hijo
espiritual dilecto y sucesor del P. Vallet como
Superior General de los Cooperadores, un formador de
excepción y un auténtico “padre de su alma”. El fue
el instrumento providencial del que Dios se quiso
valer para transmitir a nuestro Padre la preciosa
herencia espiritual del P. Vallet y para hacerle
descubrir los grandes tesoros de la Sabiduría
cristiana. Junto a él aprendería (y se grabarían en
su mente y corazón de modo indeleble) los grandes
principios de la Metafísica, de la Apologética, y de
la Teología ascético-mística; el aborrecimiento
visceral a toda sombra de error, capaz de empañar
mínimamente la virginal pureza de la Verdad
revelada; el amor filial a la Santa Madre Iglesia y
al Papa, Vicario de Cristo; el ardiente entusiasmo
por el sublime Ideal de la Realeza social de Cristo,
las grandes claves de la espiritualidad de San
Ignacio de Loyola, el amor fortísimo a su
Congregación y a la tradición de la que ella vivía,
y la clara conciencia de que lo que se ama se ha de
defender con todas las fuerzas que se tengan.
Sacerdote para
siempre
En Digne (Francia), el 6 de
julio de 1958, nuestro Padre recibió la ansiada
ordenación sacerdotal, y celebró al día siguiente su
primera Misa solemne. Aquellos fueron días de gracia
en el más pleno sentido de la palabra, días de
inefable consuelo espiritual, de profunda inmersión
en el Misterio de ese amor de predilección con que
Dios lo había agraciado.
En Argentina
Luego de desempeñar los
cargos de Superior local y de Maestro de novicios en
España, nuestro Padre fue enviado a la Argentina en
1968 como Superior regional, con sede en Rosario.
Recién llegado, tuvo ocasión de conocer al entonces
Arzobispo de Rosario, Mons. Dr. Guillermo Bolatti,
quien, justipreciando la valía de nuestro Padre, no
tardaría en designarlo profesor de Filosofía en el
Seminario Arquidiocesano “San Carlos Borromeo”.
Desde el inicio alentó nuestro Padre un afecto
sobrenatural, filial y entrañable hacia Mons.
Bolatti; afecto correspondido por el Arzobispo con
singulares y reiteradas muestras de paternal estima,
que irían en aumento con el transcurrir del tiempo.
Formado en el más entrañable
e ignaciano “sentire cum Ecclesia”, nuestro Padre
vivió con especial dolor aquellos tiempos difíciles
del posconcilio, cuando muchos, sea con el pretexto
de un mal entendido “aggiornamento”, o de una visión
deformada de la genuina Tradición, desgarraban el
seno de la Santa Madre Iglesia con desviaciones
doctrinales, actitudes contestatarias, una insidiosa
relajación o graves abusos litúrgicos.
Es voluntad de Dios
Después de mucho reflexionar
y de invocar incesantemente las luces del Cielo para
conocer la Voluntad de Dios, y hechas las oportunas
consultas a venerables prelados, con indecible
aflicción y a la vez con total abandono en los
brazos de la Providencia divina, nuestro Padre dejó
su amada Congregación en octubre de 1974. Dos
seminaristas profesos y un hermano coadjutor,
siguieron sus pasos, iniciando con él una
experiencia de vida comunitaria, a la cual se
sumaron después otros jóvenes deseosos de seguir al
Señor, pero tras las huellas de nuestro Padre.
También algunos laicos comprometidos “estrecharon
filas” en torno suyo.
Una Legión con el
Ideal de Cristo Rey
Fue entonces cuando nuestro
Padre fundó la “Legión de Cristo Rey”, en sus dos
ramas, masculina y femenina, asociación de fieles al
servicio de la Santa Madre Iglesia, cuyos miembros
hacen el firme propósito de tender eficazmente a la
santidad en el humilde servicio a la extensión del
Reinado social de nuestro Señor Jesucristo,
particularmente a través de la práctica y difusión
de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de
Loyola, siempre en amorosa y filial obediencia al
Santo Padre y a los obispos, sucesores de los
Apóstoles. El Ideal supremo de la Realeza de Cristo,
“el Ideal que nos apasiona, el Ideal que predicamos
y el que queremos vivir” era el que daba “forma” a
este compromiso de militancia eclesial.
Intensísima fue la actividad
apostólica de nuestro Padre por aquellos años. Ante
todo, predicación de numerosas tandas de Ejercicios
ignacianos en varias localidades de nuestra Patria,
donde muchos ejercitantes vivieron una experiencia
que los marcaría de por vida, de manos de aquel
sacerdote profundamente enamorado de Jesús y
apasionado por la Santa Madre Iglesia. A esto se
sumó un gran número de conferencias y de retiros de
perseverancia en Buenos Aires, Rosario, San Nicolás
y Villa Constitución, alternando con sus clases de
Filosofía en el Seminario Arquidiocesano, con el
dictado de clases de Teología en los Cursos de
Cultura Católica (dependientes de la Universidad
Católica Argentina), y con la publicación de
artículos de carácter espiritual y/o doctrinal,
destinados en su mayoría a la revista “Cristo Rey”.
Nacimiento del
Instituto Cristo Rey
Si bien nuestro Padre no
tenía intención alguna de fundar una comunidad de
vida consagrada, los caminos de Dios fueron una vez
más diversos de los de los hombres (cfr. Is 55,
8-9). Mons. Bolatti seguía con vivo interés la
marcha de la pequeña “comunidad” congregada en torno
al Padre, a quien insistió repetidas veces para que
escribiese unas Reglas que él mismo quiso ayudarle a
corregir con exquisita delicadeza y auténtico
interés.
En febrero de 1980 Mons. Bolatti bendijo las
instalaciones de la primera residencia propia del
incipiente Instituto “Cristo Rey”, en la ciudad de
Rosario, adquirida gracias a la generosidad de
varios bienhechores, en la cual iniciaron ya una
vida comunitaria estable junto a nuestro Padre los
entonces Hermanos Jorge Piñol, Daniel Almada y José
Laxague. En abril de 1981 el mismo Mons. Bolatti
bendijo la nueva y definitiva residencia, ubicada en
la localidad de Roldán, no lejos de Rosario. Poco
antes, el 19 de marzo, Mons. Bolatti había concedido
al Instituto “Cristo Rey” su primera aprobación
oficial como Asociación privada de fieles.
La aprobación definitiva como
Asociación pública de fieles llegaría con un decreto
de Mons. Jorge Manuel López (sucesor de Mons.
Bolatti), fechado el 30 de abril de 1993. Con el
paso de los años el Instituto ha ido creciendo
lentamente, desarrollando una fecunda acción
apostólica en diversas localidades de nuestra Patria
y también en los Estados Unidos, ayudado por la
Legión de Cristo Rey. Esta recibió finalmente su
aprobación como Asociación pública de fieles el 16
de noviembre de 2009, en la diócesis de San Luis,
merced al correspondiente decreto de su obispo,
Mons. Jorge Luis Lona.
La misión de
transmitir un carisma
En estos últimos años la vida
de nuestro Padre no ha sido muy pródiga en eventos
externos de especial relieve. Más allá de las
periódicas visitas a nuestras casas y de las
reuniones con los diversos grupos de la Legión, ha
transcurrido (en plena continuidad con los años
anteriores) en el silencio de una inmolación
permanente, cotidiana, dedicado a la oración y a la
formación de sus hijos, consagrados y laicos,
grabando en ellos “a fuego” el sello de nuestra
“identidad CR”, a fin de hacer de nuestras
comunidades una auténtica familia espiritual, y de
nuestra Obra una gran “familia de familias”.