La infancia de nuestro Padre se desarrolla, pues, en ese clima de fe profunda que hace posible arraigar en el alma de un niño los valores de la piedad de modo que se conviertan en seguro fundamento de toda una vida.
Pero la niñez de nuestro Padre se entrecruzará con los trágicos acontecimientos que se abatieron sobre España en el trienio 1936-1939 con la Guerra Civil española, a la que cabría con más veracidad el apelativo de “Cruzada” por el trasfondo religioso e ideológico (inseparables ambos) con que fue emprendida.
Aquella fue la mayor persecución religiosa que se recuerde desde los aciagos tiempos del Imperio Romano. Muchísimos mártires, al ofrendar su vida en supremo testimonio de amor a Dios y de perdón para sus perseguidores, sellaron sus labios con una invocación para nosotros dulcísima: “¡Viva Cristo Rey!”
Cuando se inicia el Alzamiento nacional, el papá de nuestro Padre, que tenía el grado de capitán, estaba destinado en Toledo; más concretamente en la Academia militar que funcionaba entonces en el Alcázar.
Ante el giro de los acontecimientos, el coronel José Moscardó, plegándose al Alzamiento, asume la comandancia militar de la plaza y decide encerrarse en el Alcázar de Toledo con unos cuantos oficiales, guardias civiles, soldados y voluntarios (además de 550 mujeres y 50 niños), dispuesto a resistir hasta la muerte o la liberación.
Fue precisamente en aquellas horas dramáticas, de desgarradora tensión, donde se decidió, en cierto sentido, la supervivencia de nuestro Padre y de su mamá. Su papá, también plegado al Alzamiento, se llevó a su esposa y a su pequeño hijo, secretamente y a toda prisa, en medio de la noche, al Alcázar, que ya bullía con los preparativos para el inminente asedio. Este no tardaría en comenzar, terrible y desgastante, con tiroteos permanentes, incursiones sorpresivas, despiadados bombardeos y hasta la explosión de una mina subterránea. A pesar de todo, nada pudo doblegar la épica resistencia de los defensores del Alcázar, inferiores en número, armamento y vituallas, pero no en arrojo. Ellos escribieron con su propia sangre y con su esfuerzo titánico una de las páginas más heroicamente bellas de toda la Cruzada.
Las que se enfrentaban en el sitio del Alcázar no eran tan sólo dos ideologías inconciliables: eran el símbolo de dos modos antitéticos de entender la vida, el mundo y la historia. Era una cultura de raíces profundamente católicas, anclada en valores trascendentes, que libraba la suprema batalla por su supervivencia frente a una cultura enemiga de Dios y, por consiguiente, del hombre mismo. Eran, en el fondo, como las “Dos Banderas” que San Ignacio expone en sus Ejercicios Espirituales a la consideración del ejercitante, a fin de provocar en él una generosa “oblación de mayor estima y de mayor momento” en servicio de Jesucristo, su “Rey eterno y Señor Universal” (cfr. Ejercicios Espirituales, nº 97).
Un cúmulo de sensaciones fuertes golpearon entonces el ánimo de aquel niño de apenas ocho años, que andando el tiempo habría de librar una batalla más personal (y, en cierto sentido, no menos cruenta) en pro de la Realeza social de nuestro Señor Jesucristo. En su ánimo impactaban, en vertiginosa sucesión, el valor de los intrépidos defensores del Alcázar (entre los cuales se encontraba su propio padre), las vibrantes arengas a los combatientes, los lógicos temores ante las continuas incursiones y avances del enemigo, las alegrías por las victorias obtenidas en la defensa, el ruido ensordecedor de la metralla y las bombas que caían aquí y allá, el lamento desgarrador de los heridos (precariamente atendidos con los poquísimos recursos sanitarios disponibles), el llanto sobre los muertos, la ferviente plegaria elevada constantemente al Cielo en alas de una fe robustecida por la prueba y el dolor.
Finalmente, el 1º de abril de 1939, con la toma de Madrid, acabó la Cruzada española. Nuestro Padre, tenía entonces apenas diez años y medio. Siendo aún un niño, está marcado de por vida por esta gesta trágica y gloriosa, vivida en una edad en que las impresiones no se borran ya más del corazón y de la memoria.
Juventud
Terminada la Guerra Civil, España emprendió el largo y arduo sendero de su reconstrucción. Durante esos años transcurre el resto de la niñez de nuestro Padre, así como su adolescencia y juventud.
El joven José Luis inició su bachillerato con los Hermanos de La Salle en Córdoba y Valladolid, y el resto lo cursó en Madrid con los religiosos de la Compañía de María (marianistas). Vivió una juventud muy alegre y sana, llena de diversiones puras, bajo la mirada complacida de sus padres, que cifraban en él grandes esperanzas. Acabados sus estudios secundarios, comenzó la carrera de ingeniero agrónomo. Mientras tanto militaba en la rama juvenil de la Acción Católica y en la Conferencias de San Vicente de Paúl de la Parroquia de la Inmaculada Concepción. Recuerda muy bien la mamá de nuestro Padre cómo en las mañanas de los domingos su hijo sacrificaba su descanso para ir a llevar alivio material y el alimento espiritual de la catequesis a gentes que habitaban en barrios muy pobres de la periferia de Madrid.
La voz del Rey que llama
Ocurrió entonces un hecho inesperado que impresionó profundamente al joven José Luis: el fallecimiento del P. Vallet, ocurrido en Madrid el 13 de agosto de 1947, mientras predicaba Ejercicios Espirituales a los Padres Escolapios. La última carta que nuestro Padre le había dirigido no llegó a ser contestada de puño y letra... aunque tal vez sí lo fue, bien que de otro modo..., de un modo que seguramente el joven José Luis no hubiese imaginado jamás. Porque en marzo de 1948, apenas seis meses después de la santa muerte del P. Vallet, mientras hacía Ejercicios ignacianos con los Padres Cooperadores, nuestro Padre recibió la gracia fortísima, indubitable del llamado a dejarlo todo para seguirle más de cerca en la vida religiosa. Precisamente en la meditación de los “tres binarios” el Rey divino le hizo ver con meridiana claridad que lo quería para El, sólo para El, y el corazón generoso del joven José Luis, con todo el empuje y la ilusión de sus diecinueve años le dijo rotundamente: ¡sí!
El 13 de abril de 1948 ingresó en la vida religiosa en la congregación fundada por el P. Vallet.
No podemos pasar por alto el rol inigualable que en la formación de nuestro Padre tuvo el R. P. Juan Terradas Soler, hijo espiritual dilecto y sucesor del P. Vallet como Superior General de los Cooperadores. Este sacerdote sabio, de eminente virtud, acrisolado por muchos y hondos sufrimientos, fue el instrumento providencial del que Dios se quiso valer para transmitir a nuestro Padre la preciosa herencia espiritual del P. Vallet y para hacerle descubrir los grandes tesoros de la Sabiduría cristiana. Junto a él aprendería (y se grabarían en su mente y corazón de modo indeleble) los grandes principios de la Metafísica, de la Apologética, y de la Teología ascético-mística; el aborrecimiento visceral a toda sombra de error, capaz de empañar mínimamente la virginal pureza de la Verdad revelada; el amor filial a la Santa Madre Iglesia y al Papa, Vicario de Cristo; el ardiente entusiasmo por el sublime Ideal de la Realeza social de Cristo, las grandes claves de la espiritualidad de San Ignacio de Loyola, el amor fortísimo a su Congregación y a la tradición de la que ella vivía, y la clara conciencia de que lo que se ama se ha de defender con todas las fuerzas que se tengan.
Ordenación sacerdotal
Fue precisamente en Francia donde nuestro Padre recibió las órdenes sagradas del subdiaconado, del diaconado y, por fin, la del ansiado sacerdocio. Esta última gracia, verdaderamente trascendental en su vida, como es fácil imaginar, le fue otorgada en Digne, el 6 de julio de 1958, de manos del entonces obispo de Mónaco, Mons. Gilles Barthe. ¿Quién será capaz de imaginar siquiera los sentimientos de nuestro Padre en aquel instante inolvidable? Muchas veces nos ha dicho cómo se le grabó de modo imborrable en el corazón aquella postración profunda, previa a la imposición de manos del obispo, mientras se cantaban las letanías de los santos. ¡Era como sentir encima suyo todo el peso de la Iglesia, la inefable comunión de los santos “interpelantes por él”! (cfr. Ejercicios Espirituales, nº 232). ¡Y qué decir de su primera Misa solemne, celebrada al día siguiente! ¡El divino Rey Jesús se hacía Hostia entre sus dedos temblorosos y se dejaba ver al mundo desde sus manos recién ungidas! Aquellos fueron días de gracia en el más pleno sentido de la palabra, días de inefable consuelo espiritual, de profunda inmersión en el Misterio de ese amor de predilección con que Dios lo había agraciado. Muchos años después confesaría nuestro Padre:
“A medida que fue transcurriendo el tiempo (sobre todo a partir de mi feliz ingreso en la vida religiosa, a los 19 años; y de mi ordenación sacerdotal, a los 28) fui comprendiendo más y mejor )de un modo más intuitivo que especulativo) que Dios es todo y que, como dice San Pablo, ‘lo llena todo en todo’ (ef 1, 23) y ‘en El vivimos, nos movemos y existimos’(Hch 17, 28)”.
Su Sacerdocio en Argentina
En 1968 es enviado como superior a Argentina. Apenas llegado a Rosario, nuestro Padre había conocido al entonces Arzobispo, Mons. Dr. Guillermo Bolatti, quien, justipreciando la valía de nuestro Padre, no tardaría en designarlo profesor de Filosofía en el Seminario Arquidiocesano “San Carlos Borromeo”. Desde el inicio alentó nuestro Padre un afecto sobrenatural, filial y entrañable hacia Mons. Bolatti (probado con creces, por ejemplo, en el modo como “se jugó” por él en la crisis suscitada por aquel tiempo en la Arquidiócesis, a causa de los sacerdotes llamados “renunciantes”). Este afecto fue correspondido por el Arzobispo con singulares y reiteradas muestras de paternal estima, que irían en aumento con el transcurrir del tiempo.
Es voluntad de Dios
Llegamos ahora a un momento particularmente amargo y crucial en la vida de nuestro Padre. Después de mucho reflexionar y de invocar incesantemente las luces del Cielo para conocer la Voluntad de Dios, habiendo consultado oportunamente (entre otros) con Mons. Bolatti, Mons. Tortolo (entonces arzobispo de Paraná) y Mons. Vidal (entonces obispo auxiliar de Rosario), con indecible aflicción y a la vez con total abandono en los brazos de la Providencia divina, dejó su amada Congregación en octubre de 1974.
Nuestro Padre había salido de la Comunidad de los Cooperadores acompañado de dos seminaristas profesos y de un hermano coadjutor, que voluntariamente quisieron irse con él.
También algunos laicos comprometidos siguieron a nuestro Padre, “estrechando filas” en torno suyo. Y fue entonces cuando fundó la “Legión de Cristo Rey”, en sus dos ramas, masculina y femenina, asociación de apostolado laical al servicio de la Santa Madre Iglesia, cuyos miembros hacen el firme propósito a tender eficazmente a la santidad en el humilde servicio a la extensión del Reinado social de nuestro Señor Jesucristo, particularmente a través de la práctica y difusión de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, siempre en amorosa y filial obediencia al Santo Padre y a los obispos, sucesores de los Apóstoles. El Ideal supremo de la Realeza de Cristo, “el Ideal que nos apasiona, el Ideal que predicamos y el que queremos vivir” era el que daba “forma” a este compromiso de militancia eclesial.
Intensísima fue la actividad apostólica de nuestro Padre por aquellos años. Ante todo, predicación de numerosas tandas de Ejercicios ignacianos en varias localidades de nuestra Patria, donde muchos ejercitantes vivieron una experiencia que los marcaría de por vida, de manos de aquel sacerdote profundamente enamorado de Jesús y apasionado por la Santa Madre Iglesia. A esto se sumó un gran número de conferencias y de retiros de perseverancia en Buenos Aires, Rosario, San Nicolás y Villa Constitución, alternando con sus clases de Filosofía en el Seminario Arquidiocesano, con el dictado de clases de Teología en los Cursos de Cultura Católica (dependientes de la Universidad Católica Argentina), y con la publicación de artículos de carácter espiritual y/o doctrinal, destinados en su mayoría a la revista “Cristo Rey”. Sucesivamente fueron saliendo de su pluma páginas riquísimas que no han perdido nada de su brillo ni de su actualidad: “Dios”, “Combate espiritual”, “Grandeza del Cristianismo”, “El orden sobrenatural”, “El festín de la sabiduría”, “Padeció bajo Poncio Pilato”, “Escuela ignaciana”, “Discernimiento”, “Sentir con la Iglesia”. “La Realeza de Cristo en los Ejercicios ignacianos”, “Rey crucificado”, “Signum magnum (canto a la Virgen)”... y tantos otros más. En ellos trenzaba sabiamente sus grandes amores, los que de modo carismático irían definiendo con netos perfiles su espiritualidad: Cristo Rey, la Santísima Virgen, la Iglesia, San Ignacio y sus Ejercicios... Todo estaba “a punto” para el paso más importante, aquel para el cual Dios lo había venido preparando desde muy lejos...
Una nueva Fundación
Nuestro Padre nos ha dicho infinidad de veces que él no tenía intención alguna de fundar ninguna comunidad de vida religiosa. La viva conciencia de su propia nada le impedía considerar siquiera la posibilidad de que el Señor quisiese servirse de él para una obra así. Pero los caminos de Dios son bien diversos de los nuestros... De hecho, como señalamos antes, desde el momento mismo de su salida de su antigua congregación, por especial Providencia divina, en torno a nuestro Padre se habían ido congregando algunos jóvenes deseosos de consagrarse a Dios... pero siguiendo sus pasos.
El mismo Mons. Bolatti, siempre interesadísimo en la marcha de esta incipiente “Comunidad”, le insistiría luego repetidas veces para que escribiese unas Reglas que él mismo fue corrigiendo en el Arzobispado junto con nuestro Padre. Así nos lo narra él mismo:
“...con mucha paciencia y benevolencia, durante varios días, sentados frente a frente en su mesa de trabajo, fue leyendo y escuchando, una a una, palabra por palabra, nuestras Reglas, haciéndome, a veces, comentarios o sugerencias, siempre con exquisita delicadeza y discreción, con respeto e interés por algo que también, en cierto sentido, era suyo”.
La misión de transmitir un carisma
Desde entonces la vida de nuestro Padre no ha sido muy pródiga en eventos externos de especial importancia. Más bien ha transcurrido (en plena continuidad con los años anteriores) en el silencio de una inmolación permanente, cotidiana, a fin de formar a sus hijos consagrados (los sacerdotes y hermanos del Instituto), grabando en ellos “a fuego” el sello de nuestra “identidad CR”; a fin de hacer de nuestra Comunidad una auténtica familia espiritual, y de nuestra Obra una gran “familia de familias”.
Por eso, la escena final de esta sencilla y profunda vida de nuestro Padre podría ser contemplándolo en oración ante el sagrario de su oratorio privado, el gran “regalo” que el Señor le ha hecho últimamente mediante una bondadosa concesión del entonces Arzobispo de Rosario, Mons. Mirás. ¡El Rey eucarístico se ha “quedado” con él en este atardecer de su vida! Allí pasa nuestro Padre no pocas horas de su día, en coloquio silencioso con el Amor de sus amores, con el “Eterno Señor de todas las cosas” (cfr. Ejercicios Espirituales, nº 98) que lo ha guiado paso a paso por el camino de su vida, y para cuya mayor gloria ha vivido, sufrido, callado, orado y gozado. Allí encuentra las fuerzas que necesita para seguir cumpliendo su ardua misión: de allí brota la inagotable paciencia para formar a sus hijos, el amor paterno de sus correcciones, el celo incontenible en su defensa de los inalienables derechos de Dios, la unción de su prédica inflamada...
En medio de los incesantes reclamos de su tarea de formador, de las inevitables preocupaciones derivadas de una Obra en expansión, ese oratorio constituye su refugio y su solaz. Allí su corazón de niño se recuesta en el pecho de Jesús para escrutar los latidos del Corazón divino; se recuesta en el pecho de su Madre, la Santísima Virgen, para hacerla confidente de sus temores y esperanzas; se recuesta en el pecho de su Madre la Santa Iglesia, a la cual ha servido siempre con entrañable piedad y por la cual se ha “jugado” hasta el fin, esperando el momento en que el Señor lo lleve para Sí y pueda entregar su espíritu, como otrora lo hiciera la gran Teresa de Jesús, como ferviente “hijo de la Iglesia”. No ha sido otra cosa su vida sino eso: la vida de un hijo de la Iglesia que amó con locura a Cristo Rey y se ha gastado y desgastado para comunicar ese amor dondequiera que el Señor lo ha llevado, sin importar el precio que para ello hubiese que pagar.