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Quiénes Somos : Nuestro Padre Fundador

Padre José Luis Torres Pardo

Nuestro Padre Fundador:
una vida al servicio de Cristo Rey


Nacimiento e infancia

Nuestro Padre Fundador, el P. José Luis Torres-Pardo, nació el 30 de septiembre de 1928 en Córdoba (España), hijo primogénito del entonces teniente Don José Luis Torres-Pardo y Asas, joven militar del Ejército español, y de Doña Luisa Moya Portas. De ellos recibió nuestro Padre una sólida educación humana y cristiana, que serviría de eficaz complemento a la fecunda acción de la gracia en su alma.

Cuando tuvo lugar el Alzamiento nacional que provocó el estallido de la Guerra Civil española (1936-1939), auténtica “Cruzada” de la verdadera España contra el ateísmo militante que procuraba destruirla, el papá de nuestro Padre estaba destinado en Toledo, más concretamente en la Academia militar que funcionaba entonces en el Alcázar. En esta emblemática fortaleza hallaron refugio numerosos militares y civiles, dispuestos a resistir hasta la muerte el asedio de los milicianos y demás fuerzas republicanas, muy superiores en número y armamento. Allí hallaron también cabida el entonces capitán Torres-Pardo, constituido en uno de los valerosos defensores de la fortaleza, además de su esposa e hijo.


Más allá de opciones políticas, los que se enfrentaban en el sitio del Alcázar eran dos modos antitéticos de entender la vida, el mundo y la historia: el de una cultura de raíces profundamente católicas, anclada en valores trascendentes, y el de una anti-cultura enemiga de Dios y, por consiguiente, del hombre mismo.

Después de prolongado y agónico asedio, el Alcázar fue liberado ante la irrupción de las tropas del general Francisco Franco, y la contienda concluyó en 1939 con el triunfo de las tropas nacionales. De este modo, la infancia y la vida toda de nuestro Padre quedó definitivamente marcada por esta gesta gloriosa, que desplegó ante sus ojos de niño la dramática verdad de las “Dos Banderas” que San Ignacio expone en sus Ejercicios Espirituales a la consideración del ejercitante, a fin de provocar en él una generosa “oblación de mayor estima y de mayor momento” en servicio de Jesucristo, su “Rey eterno y Señor Universal” (cfr. Ejercicios Espirituales, nº 97).

Juventud y vocación sacerdotal

Nuestro Padre tuvo la dicha de vivir una juventud muy alegre y sana, llena de diversiones puras, bajo la mirada complacida de sus padres, que cifraban en él grandes esperanzas. Acabados sus estudios secundarios, comenzó la carrera de ingeniero agrónomo, mientras militaba en la rama juvenil de la Acción Católica y en las Conferencias de San Vicente de Paúl. El encuentro con el fundador de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey, el Padre Francisco de Paula Vallet, cuya inflamada prédica y heroico testimonio sacerdotal causaron honda impresión en el joven José Luis, fueron preparando su alma para la “hora” de Dios, que habría de llegar pronto. En el curso de unos Ejercicios Espirituales predicados por los Padres Cooperadores, sintió claramente el llamado apremiante de Cristo para que le siguiese más de cerca. Poco después, el 13 de abril de 1948, ingresó en la Congregación fundada por el Padre Vallet, por entonces recientemente fallecido.

Ya religioso, nuestro Padre tuvo en el R. P. Juan Terradas Soler, hijo espiritual dilecto y sucesor del P. Vallet como Superior General de los Cooperadores, un formador de excepción y un auténtico “padre de su alma”. El fue el instrumento providencial del que Dios se quiso valer para transmitir a nuestro Padre la preciosa herencia espiritual del P. Vallet y para hacerle descubrir los grandes tesoros de la Sabiduría cristiana. Junto a él aprendería (y se grabarían en su mente y corazón de modo indeleble) los grandes principios de la Metafísica, de la Apologética, y de la Teología ascético-mística; el aborrecimiento visceral a toda sombra de error, capaz de empañar mínimamente la virginal pureza de la Verdad revelada; el amor filial a la Santa Madre Iglesia y al Papa, Vicario de Cristo; el ardiente entusiasmo por el sublime Ideal de la Realeza social de Cristo, las grandes claves de la espiritualidad de San Ignacio de Loyola, el amor fortísimo a su Congregación y a la tradición de la que ella vivía, y la clara conciencia de que lo que se ama se ha de defender con todas las fuerzas que se tengan.

Sacerdote para siempre

En Digne (Francia), el 6 de julio de 1958, nuestro Padre recibió la ansiada ordenación sacerdotal, y celebró al día siguiente su primera Misa solemne. Aquellos fueron días de gracia en el más pleno sentido de la palabra, días de inefable consuelo espiritual, de profunda inmersión en el Misterio de ese amor de predilección con que Dios lo había agraciado.

En Argentina

Luego de desempeñar los cargos de Superior local y de Maestro de novicios en España, nuestro Padre fue enviado a la Argentina en 1968 como Superior regional, con sede en Rosario. Recién llegado, tuvo ocasión de conocer al entonces Arzobispo de Rosario, Mons. Dr. Guillermo Bolatti, quien, justipreciando la valía de nuestro Padre, no tardaría en designarlo profesor de Filosofía en el Seminario Arquidiocesano “San Carlos Borromeo”. Desde el inicio alentó nuestro Padre un afecto sobrenatural, filial y entrañable hacia Mons. Bolatti; afecto correspondido por el Arzobispo con singulares y reiteradas muestras de paternal estima, que irían en aumento con el transcurrir del tiempo.

Formado en el más entrañable e ignaciano “sentire cum Ecclesia”, nuestro Padre vivió con especial dolor aquellos tiempos difíciles del posconcilio, cuando muchos, sea con el pretexto de un mal entendido “aggiornamento”, o de una visión deformada de la genuina Tradición, desgarraban el seno de la Santa Madre Iglesia con desviaciones doctrinales, actitudes contestatarias, una insidiosa relajación o graves abusos litúrgicos.

Es voluntad de Dios

Después de mucho reflexionar y de invocar incesantemente las luces del Cielo para conocer la Voluntad de Dios, y hechas las oportunas consultas a venerables prelados, con indecible aflicción y a la vez con total abandono en los brazos de la Providencia divina, nuestro Padre dejó su amada Congregación en octubre de 1974. Dos seminaristas profesos y un hermano coadjutor, siguieron sus pasos, iniciando con él una experiencia de vida comunitaria, a la cual se sumaron después otros jóvenes deseosos de seguir al Señor, pero tras las huellas de nuestro Padre. También algunos laicos comprometidos “estrecharon filas” en torno suyo.

Una Legión con el Ideal de Cristo Rey

Fue entonces cuando nuestro Padre fundó la “Legión de Cristo Rey”, en sus dos ramas, masculina y femenina, asociación de fieles al servicio de la Santa Madre Iglesia, cuyos miembros hacen el firme propósito de tender eficazmente a la santidad en el humilde servicio a la extensión del Reinado social de nuestro Señor Jesucristo, particularmente a través de la práctica y difusión de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, siempre en amorosa y filial obediencia al Santo Padre y a los obispos, sucesores de los Apóstoles. El Ideal supremo de la Realeza de Cristo, “el Ideal que nos apasiona, el Ideal que predicamos y el que queremos vivir” era el que daba “forma” a este compromiso de militancia eclesial.

Intensísima fue la actividad apostólica de nuestro Padre por aquellos años. Ante todo, predicación de numerosas tandas de Ejercicios ignacianos en varias localidades de nuestra Patria, donde muchos ejercitantes vivieron una experiencia que los marcaría de por vida, de manos de aquel sacerdote profundamente enamorado de Jesús y apasionado por la Santa Madre Iglesia. A esto se sumó un gran número de conferencias y de retiros de perseverancia en Buenos Aires, Rosario, San Nicolás y Villa Constitución, alternando con sus clases de Filosofía en el Seminario Arquidiocesano, con el dictado de clases de Teología en los Cursos de Cultura Católica (dependientes de la Universidad Católica Argentina), y con la publicación de artículos de carácter espiritual y/o doctrinal, destinados en su mayoría a la revista “Cristo Rey”.

Nacimiento del Instituto Cristo Rey

Si bien nuestro Padre no tenía intención alguna de fundar una comunidad de vida consagrada, los caminos de Dios fueron una vez más diversos de los de los hombres (cfr. Is 55, 8-9). Mons. Bolatti seguía con vivo interés la marcha de la pequeña “comunidad” congregada en torno al Padre, a quien insistió repetidas veces para que escribiese unas Reglas que él mismo quiso ayudarle a corregir con exquisita delicadeza y auténtico interés.
En febrero de 1980 Mons. Bolatti bendijo las instalaciones de la primera residencia propia del incipiente Instituto “Cristo Rey”, en la ciudad de Rosario, adquirida gracias a la generosidad de varios bienhechores, en la cual iniciaron ya una vida comunitaria estable junto a nuestro Padre los entonces Hermanos Jorge Piñol, Daniel Almada y José Laxague. En abril de 1981 el mismo Mons. Bolatti bendijo la nueva y definitiva residencia, ubicada en la localidad de Roldán, no lejos de Rosario. Poco antes, el 19 de marzo, Mons. Bolatti había concedido al Instituto “Cristo Rey” su primera aprobación oficial como Asociación privada de fieles.

La aprobación definitiva como Asociación pública de fieles llegaría con un decreto de Mons. Jorge Manuel López (sucesor de Mons. Bolatti), fechado el 30 de abril de 1993. Con el paso de los años el Instituto ha ido creciendo lentamente, desarrollando una fecunda acción apostólica en diversas localidades de nuestra Patria y también en los Estados Unidos, ayudado por la Legión de Cristo Rey. Esta recibió finalmente su aprobación como Asociación pública de fieles el 16 de noviembre de 2009, en la diócesis de San Luis, merced al correspondiente decreto de su obispo, Mons. Jorge Luis Lona.

La misión de transmitir un carisma

En estos últimos años la vida de nuestro Padre no ha sido muy pródiga en eventos externos de especial relieve. Más allá de las periódicas visitas a nuestras casas y de las reuniones con los diversos grupos de la Legión, ha transcurrido (en plena continuidad con los años anteriores) en el silencio de una inmolación permanente, cotidiana, dedicado a la oración y a la formación de sus hijos, consagrados y laicos, grabando en ellos “a fuego” el sello de nuestra “identidad CR”, a fin de hacer de nuestras comunidades una auténtica familia espiritual, y de nuestra Obra una gran “familia de familias”.



 
 
  “La Santidad es el triunfo del Rey de Amor en un alma libre” Padre Fundador